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by Castillo Márquez Santiago de JesúsYo era un niño curioso y travieso, incapaz de resistirme a la guitarra de mi padre. Aquel día la tomé entre mis manos con la inocencia de quien desconoce los peligros que guarda un objeto tan misterioso. La madera brillaba como si respirara y las cuerdas, tensas y luminosas, parecían vibrar solas, como si aguardaran un secreto. Sin pensarlo, pasé mis dedos por encima y, de pronto, una de las cuerdas cobró vida, enroscándose en mi mano como si fuera una serpiente de acero.
El dolor fue inmediato, pero también extraño: no solo me apretaba la piel, sino que sentí que la cuerda intentaba leerme los pensamientos. Cada vez que trataba de zafarme, la guitarra emitía un sonido profundo, casi como un gemido que retumbaba en las paredes. Era como si el instrumento se enfureciera por mi atrevimiento y buscara castigarme.
Asustado, quise correr, pero la guitarra se hizo pesada como un tronco centenario, obligándome a permanecer sentado. Mis lágrimas caían, y en ellas juraría que vi reflejados pequeños relámpagos, diminutas chispas que se apagaban al tocar el suelo. Fue entonces cuando entendí que no estaba luchando contra una simple cuerda, sino contra el espíritu de la música misma, que exigía respeto.
Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, la cuerda aflojó de manera repentina, como si hubiera decidido perdonarme. Quedé libre, con una marca roja en la mano que brillaba tenue, como si guardara aún un rastro de luz. Desde ese día, jamás volví a mirar la guitarra como un simple instrumento. Para mí se convirtió en un ser vivo, guardián de melodías, capaz de castigar o bendecir.
Aquel incidente no solo me dejó una cicatriz en la piel, sino en el alma: entendí que la música no era un juego, sino un poder que podía domar el corazón humano. Y así, con respeto y un poco de temor, nació en mí el deseo de aprender a tocar la guitarra, no como un niño travieso, sino como un aprendiz ante un maestro inmortal.