La anciana soltó una risita suave, casi un suspiro del viento. Sus ojos, ahora llenos de una sabiduría milenaria, se posaron en el lejano pico del Uritorco, y les dijo: “Aquí, en esta tierra, las estrellas son solo una parte de la historia. Hay luces que viajan desde otros lugares, naves que exploran, guardianes que observan. Los antiguos lo sabían. Los que moran en el interior de la Tierra lo saben. Y a veces, muy rara vez, se dejan ver para recordarnos que no estamos solos en este vasto universo. Que la vida es mucho más diversa de lo que nuestros ojos pueden captar. Algunos los llaman ángeles, otros, hermanos de las estrellas. Son energías, manifestaciones de un propósito mayor que el nuestro. Y vienen, sí, a recordarnos que hay más, mucho más, de lo que podemos ver o tocar.”
