A veces me dicen que recuerde los momentos bonitos para estar mejor. Que piense en las risas, en las caminatas sin rumbo, en las miradas que lo decían todo. Y sí… los recuerdo. Recuerdo su sonrisa, las conversaciones que parecían no tener fin, las bromas tontas que solo nosotros entendíamos. Y por un segundo, me da alegría. Porque fueron reales. Porque los viví. Porque ella estuvo ahí. Pero después de esa pequeña sonrisa, llega la nostalgia. Esa que aprieta el pecho. Porque cada recuerdo bonito también me recuerda que ya no está. Que esos momentos ahora viven solo en mi memoria. Me dicen que recordar es sanar. Pero a veces recordar también duele. Duele saber que fui feliz así, que amé así, que soñé así. Aun así, no me arrepiento. Porque prefiero haber vivido algo tan bonito, aunque ahora me ponga triste, que no haberlo sentido nunca. Y entre la tristeza y la nostalgia… todavía hay un poquito de alegría. Porque lo que fue verdadero, aunque termine, nunca deja de ser parte de mí.