Ese niño nunca supo lo que era ser abrazado con orgullo. Nunca escuchó la voz de un padre diciéndole: “Estoy aquí, hijo, pase lo que pase.” Pero tampoco conoció el calor de una madre que lo abrazara y le hiciera sentir que el mundo era un lugar seguro. Creció sin el amor de ambos. Sin la mirada de alguien que lo guiara, sin la seguridad de un hogar donde su esfuerzo fuera reconocido, sin un lugar donde sentirse verdaderamente querido. Así que, cuando creció, buscó amor en los brazos de alguien más. Pero no estaba buscando simplemente una novia. Estaba buscando un refugio. Un lugar donde reparar lo que nunca recibió. No quería dominar, sólo quería sentirse suficiente. No buscaba controlar, sólo quería que alguien no lo abandonara. Y ahí está el problema. Porque cuando conviertes a alguien en tu salvación, en el vacío que dejaron un padre y una madre, el amor deja de ser amor y se convierte en necesidad. Y el amor no es eso. El amor no es la figura paterna que nunca tuviste, ni la madre que nunca te abrazó. El amor es una elección, no un rescate. Por eso duele tanto cuando se va. Porque no sólo pierdes a una persona… Pierdes el único lugar donde creíste que, por fin, eras amado.