Milo decidió salir a caminar un ratito por el jardín, muy despacio, para ver si algún amigo del bosque le enseñaba a bostezar. Camina que camina, plop, plop, plop, sobre las hojas secas. Primero se encontró con el señor Búho, que estaba sentado en la rama de un pino grande. El señor Búho no se movía, solo miraba la noche. —Señor Búho... —susurró Milo para no asustarlo—. ¿Usted sabe cómo es el bostezo perfecto? El señor Búho cerró sus grandes ojos, respiró el aire fresco de la noche, y luego abrió su pico muy, pero muy despacio: —¡Aaaaaah... uuuuuh... —bostezó el búho, estirando una de sus alas de plumas suaves—. Mi bostezo es como el viento de la noche, Milo. Suave y lento. Milo lo intentó. Abrió su boquita de oso: —Aaah... Pero todavía no sentía sueño. Así que le dio las gracias al búho con una seña y siguió caminando despacio